Ritual por Audrys Cuevas

 

Ritual

 

Cerré la puerta al salir, luego de limpiar con lentitud cada rincón de la casa por donde fue derramada su jugosa sangre. Era de un rojo intenso, muy distintivo, no se parecía al de las demás. Me había dado trabajo terminar con su existencia simple y sin sentido. Su trabajo en la tierra había sido nacer, crecer y reproducirse.

La observé todas las mañanas y tardes del mes de abril. Caminaba de un lado a otro en horas fijas, tenía una rutina embargada por una triste y asfixiante monotonía. Es posible que yo haya cesado los infortunios de su estúpida presencia. Ha de ser terrible, vivir en la ignorancia, cuando tú futuro está predeterminado y no eres más que un miserable producto con fecha de caducidad.

Siempre desayunaba a las 9:00 a.m., en el patio de la casa donde se hospedaba. Tuve que estudiarla pacientemente y así, adaptarme y conocer cada uno de sus movimientos. Mi plan debía ser perfecto, nadie podía saber lo que usualmente hacía en mi tiempo libre. Trabajar desde casa tenía sus beneficios; podía tomarme descansos cuantas veces quisiera y nadie podría reprocharme por dicha acción. Yo era mi propio jefe.

Aquel día desperté más temprano que de costumbre, el árbol de flamboyán que había sembrado hacia algunos diez años, estaba engalanado, lucia sus flores rojas movidas por la brisa. Desde la ventana de mi aposento vi a mi presa caminar con lentitud como si algo se le hubiera perdido. Decidí de pronto que sería ese día. Le daría a beber de su sangre a mi flamboyán y comería su carne.

La tomé desprevenida a las seis de la tarde, cuando se disponía a ir a dormir. No le di tiempo de asimilar la encrucijada en la que se encontraba. Con una rapidez fugaz, la sujeté por el cocote y le di algunas vueltas en busca de cortar su respiración, para luego trasladar su pequeño cuerpo hasta la cocina. Tomé un cuchillo afilado de los tantos que tenía e hice un diminuto corte en su pescuezo, pero por un descuido de mi parte, se movió con tal premura producto del dolor presente, que fue a dar a la sala. Allí, luego de retorcerse, se dio por vencida, cerrando así, las puertas de su alma. Puse un recipiente de vidrio debajo de la herida y esperé a que su sangre lo inundara. Después de unos minutos, levanté su cuerpo y lo coloqué en un caldero con agua caliente y pacientemente quité cada una de sus plumas multicolores, a veces blancas y negras, a veces rojas.

Teniendo su cuerpo libre de plumas y órganos cero apetecibles, no me decidía en si quería la carne frita, guisada o al horno. Me había centrado tanto en atraparla que había olvidado lo más importante, cómo cocinarla. Luego de meditar un cuarto de hora, decidí que sazonaría la carne y la dejaría en la nevera hasta que resolviera la discrepancia que se me presentaba.

Limpié el testimonio de aquel fantástico acontecimiento y me dispuse a seguir con mis actividades habituales. A la mañana siguiente debía ir al parque, en busca de mi nueva víctima, un producto más grande, pero antes, daría de beber a mi flamboyán y de paso, ir por una copa de vino tinto donde el vecino.

 

Fin.

Comentarios

  1. Wao.
    Que lujo te gastas, mi primera intriga fue pensar en pobre cotorrita y resulta que se trataba de un plan macabro de dar fin a una pobre paloma.
    Bendiciones 🙏

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