Don Pacheco por Audrys Cuevas
Don Pacheco era un hombre feroz, vivaz, con gran fuerza e inteligencia. Se dice que de haber estudiado, es posible que hubiera sido un genio. Aquel hombre que yacía postrado en un trasto de cama hundida, una vez diseñó y construyó su casa y todo objeto de caoba que se encontraba en aquel lugar.
En sus mejores años, se le veía bailando en la pulpería de la esquina, yendo de un lado a otro detrás de todas las mujeres bonitas del pueblo. En sus peores años, arremetió contra todas las niñas, hijas de los trabajadores de los cañaverales de su familia, sin importar raza, edad o color de piel. Tenía a los trabajadores inquietos, muchos ideaban planes de cómo terminar con él, pero era el hijo del jefe ¿qué podían hacer?
Don Pacheco vivía con sus hijos cuando falleció. Jorge, su primogénito y donde había pagado las verdes y las maduras. ¡Muchacho que le había salido malo ese! Carlitos, el pendejo, que siempre se dejaba envolver y pagaba los trastes rotos de Jorge; y por último, Rosita, la niña de sus ojos y su perdición.
La madre de sus hijos, Dona Martha, había fallecido dando a luz a Rosita, quien nació con muchos problemas de salud, por lo que, toda la atención de la casa se concentró en aquella personita que había visto la luz, robándosela a alguien más. Creció rodeada de lujos y todos los gustos, convirtiéndose así en una niña caprichosa, sin prudencia y con cero benevolencia.
Lo que había empezado con el olvido de algunas pequeñeces y producto de la edad, terminó por convertir a Pacheco en un saco de carne a punto de ulcerarse. En principio, olvidaba lo que estaba haciendo en el momento, algún nombre o número de celular que había memorizado hacia años. Luego algunos rostros se fueron desvaneciendo en sus recuerdos y confundiéndose en las profundidades de su mente.
Poco a poco fue dejando por el camino hasta su nombre. Aquel gran señor, se convirtió en un despojo humano, en un trapo con agujeros del que urge prescindir.
Para sus hijos fue demasiado tener que cargar con lo que quedaba de Don Pacheco. Ya no hablaba y casi ni se movía, su cerebro omitió la facultad de comunicarse y expresarse. Orinarse y defecar en cualquier lugar se convirtió en su diario vivir. Lo que trajo consigo un plan un tanto macabro y meticuloso, con el objetivo de eliminar aquel trapo de cocina viejo y sucio en lo que se había convertido el señor.
Rosita, su hija menor, su último retoño; por la que Don Pacheco se desvivía, se encargó de obtener un somnífero en el hospital donde trabajaba, para que no sufriera y que los vecinos no los descubrieran con los bramidos que podría lanzar Don Pacheco, cuando estuvieran en acción. Entonces, esperaron a la media noche, cuando hasta los perros se encontraban en un silencio infernal y procedieron a cortar con premura y disecar lo que quedaba de Don Pacheco.
Nadie los descubrió, nadie le echó de menos. Hacía mucho
tiempo que para muchos el señor ya había muerto, excepto para mí, que siempre
estuve a sus pies y presencié la vil obra de sus descendientes.
Fin.
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