¡No me dejen morir! por Audrys Cuevas
Mamá tiene el pelo blanco por la gran cantidad de canas en su cabeza, en su rostro habitan grandes ojos de color avellana y cejas pobladas. Los doctores dicen que tiene sobrepeso, pero para mí, se parece a todas las viejas de su edad; gran barriga de camionero, la piel que no le caben más arrugas y con mil aberturas en la boca. Su caja de dientes solo la toca para ocasiones especiales, como las misas del 26 de julio, al igual que el traje blanco que le regaló el tío Antonio.
Mamá no es de las abuelas cariñosas, mucho menos apoyadora. Una vez le dio una pela al primo Manolito porque no se quiso comer la verdura y el ají. Cuando se trata de comida, si te descuidas, te convierte en un globo de grasa andante.
Cuando Mamá sonríe se ve hermosa aunque le falta un millón de dientes. Según sus hijos, cuando era joven se podría jurar que había sido esculpida por el mismo dios Apolo. Pero, lamentablemente, la vejez y la vida de campo se llevaron sus mejores años y con esta, su cordura.
A Mamá no le agrada venir a la ciudad, mucho menos le gustan los hospitales, pero para su desdicha, cada vez que acepta volver a la civilización termina en un cuarto blanco con tubos y agujas por doquier, ya sea por un dedo podrido o por una pierna rota.
Ayer
sucedió algo extraño. Estábamos en su casa, mamá tocía y tocía, tenía como una
garrapela, sabes, es cuando tienes una flema mucosa atorada en la garganta,
algo asqueroso que se te pega en la faringe y es casi imposible quitar.
Descubrí
que mamá tiene meses sin tomarse sus pastillas, la vi echarlas por el inodoro.
Me sentía inquieto, entonces me surgió la no tan brillante idea de espiarla. Te
juro que fue como en las películas de espías, no fue tarea fácil porque mamá es
muy precavida, pero si ella lo es, yo lo soy aún más. Primero guardé mis
chanclas para no hacer ruido con ellas y luego empecé a prestarle atención a
cada uno de sus movimientos y así fue como la descubrí, pero no puedo decirle a
alguien.
Ya eran pasadas las once de la noche y Mamá seguía con la molesta mucosa. De repente, el ambiente se puso denso, era como si el tiempo se detuviera por segundos y luego corriera rápido. Solo recuerdo ver a mamá caer al piso como un racimo de guineo lleno o tal vez como un coco. Todos corrían de un lado a otro. Entre papá y mis tíos como pudieron la levantaron y la subieron al carro.
Mamá sofocada y con la voz entrecortada se le escuchaba la misma frase ¡No me dejen morir! ¡No me dejen morir!
Esta mañana, papá me ha levantado con una mesura que podría estresar al mismo Dios. Me llevó al baño y untó pasta a mi cepillo, para luego preparar agua para mi baño. Me vistió con meticulosa lentitud.
Todos estamos vestidos de negro y blanco, parecemos sacados de las fotografías de la época de los 80. Mamá tiene puesto su traje blanco, al parecer es una ocasión especial. Lo raro es que no está vociferando como suele hacer, tampoco riendo y parece que duerme.
Fin.
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