Su cama por Audrys Cuevas
‘Tengo la mejor cama’, decía La vieja. ‘Mi cama me abraza por las noches y con ella no hay días nublados, mucho menos lluvias torrenciales. Aunque llueva, los días me serán soleados y la humedad no dejará moho, mucho menos suciedad. La oscuridad será pasajera; mientras abundará continuamente la claridad. Si de casualidad tengo pesadillas como las que tuve siendo niña, mi cama las enviará lejos y las consumirá por la eternidad. Si alguien quisiere dañarme, mi cama no se lo permitirá. Luchará con onda y piedras hasta vencer al gigante, porque todo aquel que daña tiene detrás un gigante que lo insta a hacerlo. Un ambicioso y poco cuerdo gigante’.
La vieja ya tenía setenta años. Los doctores le habían diagnosticado cáncer hacía ya diez años, pero ella no lo sabía. Sus hijos preferían mantenerla ignorante de su ridículo final. Pobre infeliz. Como si fuera poco, padecía una enfermedad hereditaria desde los cincuenta, que le hacía hasta las nalgas escocer; se aguantaba como si su vida dependiera de ello. ‘Es posible que cuando te rasques sea como subir al cielo, veas la luna y las estrellas bailar, pero cuando acaba la picazón viene la carne desollada y el dolor’, decía con labios temblorosos. No tenía cura, la consumiría mientras vida tuviera, hasta que no quedara más que sus huesos flacos y desteñidos.
Parecía una moriviví. Su vida era una montaña rusa de hazañas y días en los que pensaba que sería el último, pero volvía a su cama y cuando las cosas no parecían marchar bien, el carro sin frenos de repente frenaba y había calma, un silencio alentador que envolvía hasta a aquellos que no conocían su cama.
Casi todos los días lavaba las sabanas. Cuando dormía su cuerpo las ensuciaba de una sustancia viscosa, a veces blanca, a veces roja. Estrujaba y estrujaba la tela con pesar y se reprendía reiteradas veces por su suciedad, pero su cama le hacía ver que era solo una condición, no una decisión.
De vez en cuando peinaba a La vieja y un día descubrí que su enfermedad le estaba arropando hasta la cabeza, había llagas defectuosas, que poco a poco se convertirían en pesar desmesurado. Quise conocer su cama; hablarle, preguntarle si acaso eso podría curarle, pero aunque así hubiera sucedido, nada cambiaría, estaba destinado a ser. Como pude, con mi garganta seca y rodillas flaqueadas tejí su cabellera negra, donde no habitaba ni una cana solitaria. Me despedí rápidamente de la vieja y corrí por el asfalto con lágrimas nublándome la mirada.
Otro día estuve con La vieja, me contó que en su juventud fue una mujer fuerte, que podía hacer mil cosas en un solo día, pero que ya no podía hacer ni la cuarta parte de eso, que era una tuerca oxidada y que ni el vinagre podría aliviarla. ‘Estoy conforme’, dijo con su sonrisa desdentada. ‘Logré todo lo que algún día soñé y cumplí con mi cama’.
Cuando La vieja se nos fue, la gente del pueblo murmuraba
con incredulidad y cierto asombro, no podían creer lo que veían sus ojos. La
vieja parecía sonreír en un sueño profundo mientras abrazaba una sábana.
Fin.
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