Una casa
El perro intenta arrastrarme, sus enormes dientes me sujetan y pretenden inmovilizarme. Trato de zafarme, pero me es casi imposible. Grito desde lo profundo de mi ser, doy voces pidiendo ayuda y pese a que todos se encuentran aquí, nadie lo ve, nadie me escucha.
No
voy a ceder. Mamá está sentada en el viejo mueble de la sala, parece un cuadro
de los tantos que hay en nuestra casa. Drogada, mira a un punto fijo en el
espejo frente a ella; su reflejo no es el mismo, la veo atada con cadenas. Maldita
sea, tanto que le dije que se alejara de aquel animal. Tan tonta, su relativa
inocencia le abrió una brecha y él no la dejó pasar por alto.
El
bulto de pelos negros aplica más presión a su agarre, me siento desfallecer. Le
empujo con todas mis fuerzas, logro quitármelo de encima y empiezo a correr. Él
no tiene intención de dejarme, conoce mi poder, sabe que no soy un cuerpo
común, puedo ver lo que otros ni se imaginan.
El
florero que se encuentra debajo del espejo ha muerto y la repisa que lo
sostiene se vuelve inservible lentamente, el comején se ha adueñado de ella. El
comedor desapareció y las ventanas están oscurecidas, no se ve nada del
exterior.
Sus
ojos son el reflejo de mi perdición. Avanza sin darme gabela. Busco a mis
hermanos, debo salvarlos. El perro sigue detrás de mí, pisando mis talones.
Encuentro a Jorge al final del pasillo, las fotos en la pared han cambiado de
color, ahora solo abunda el gris, los recuerdos se han perdido. El niño de
siete años en la pared ya no sonríe. Jorge no me ve, le tomo por el brazo y le
halo mientras corro. Está pesado y frío. He llegado tarde, lo he perdido. Su
cuerpo yace sin alma, se mueve pero no hay nada.
Clara
debe estar en nuestra habitación, solo debo correr un poco más. Hago lo posible
por arrastrar a Jorge y tranco la puerta detrás de nosotros. La oscuridad me
dice que he llegado tarde, otra vez. Clara no está. Mis ojos se han convertido
en copas rebosadas, cada cinco vueltas de las manecillas del reloj estoy más
lejos de la meta. Estoy sola. Él ha destruido lo poco que había.
En
medio del ofuscamiento busco algún rastro de vitalidad en mi hermano, pero sus
ojos yacen como platos vacíos. Sus luceros se han perdido.
El
fuerte dolor en mi pecho me recuerda que sigo con vida, pero ya no creo vivir.
Frente a la puerta él espera algún movimiento. El ruido de la greca avisa desde
la cocina que el café está listo para servir. De mamá en el mueble de la sala
no queda nada más que el recuerdo de que estuvo, las fotos al final del pasillo
ya no tienen color y pronto Jorge, de pie frente a mí, desaparece.
Mi
vista está empañada como los cristales del auto de tío Arturo cuando nos asalta
la lluvia en la carretera.
Levanto
la sábana y me adentro en la cama vacía de Clara. El animal se dirige a la
cocina, endulza su café y va al mueble en ruinas de la sala con su taza en
mano, lista para darle un gran sorbo. El primer acto ha culminado. Mis ojos se
van cerrando y al abrirlos, todo ha vuelto a la normalidad. Una casa estática
en el tiempo, bañada en monotonía; niños encerrados en las creencias y las
garras de una madre del siglo XX, objetos que parecen comunes, pero mis ojos son
los de alguien que se encuentra al asecho. Sigo viendo lo que ellos no.
A
veces quiero fingir que no escucho o percibo lo que sucede en nuestro
alrededor. El monstruo duerme junto a mamá todas las noches.
Fin.
Dios!
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