Queimada Grande por Audrys Cuevas
Las hojas verduzcas compiten con el azul del cielo. Desde donde te encuentras son innumerables, posiblemente infinitas. Dicen que quién las creó tiene arte y que todo lo que hace, es perfecto. Las palmas casi tocan el cielo con sus puntas y las montañas, a veces verdes, a veces marrones, son inalcanzables, poderosas en su magnitud y hermosura. Los troncos gruesos y fuertes te dicen que el lugar es indestructible. El suelo agoniza de hojas secas y caminos brotados de piedras. Entre el verde, se visualizan diminutos rasgos de un rojo intenso. Flamboyanes, alimentados con la sangre de los caídos aquí, de los que nunca fueron hallados sus cuerpos.
¡Chas! La piel se te eriza de solo pensarlo. Te adentras a un camino de tierra amarillenta. Mientras avanzas, a tu derecha las cañadas se esconden con la alameda. Si te adentraras en ella, difícilmente encontrarían tu cuerpo vuelto papilla. Suspiras. Huele a tierra húmeda, frutos podridos, hojas viejas y en descomposición. Tus pasos colisionan con el viento y el canto de las aves escondidas en algún paraje. Pronto tu cuerpo llegará a su límite y el camino se hará eterno.
Una intrusa entra en tu campo de visión. Se desliza sagazmente hacia dónde estás. Dos simples orificios podrán llevarte al infierno en cuestión de minutos. Primero sentirás una aguda molestia que se irá incrementando con cada respiro; el sudor de tu frente se volverá frío, tus manos se entumirán y gritarás de dolor. Te reprenderás inconscientemente y maldecirás el día de tu nacimiento. Todo dará vueltas. Querrás huir, pero tú alrededor será veleidoso, tu mente irracional y tus soles nebulosos. Tu boca se sentirá desierto y amargura te invadirá. Oscuridad será tu hermosa realidad.
Un espíritu maligno danzará sobre tus miembros; respirar costará y tu corazón débilmente dejará de funcionar. Verás tu vida pasar frente a ti: las musarañas que hiciste a la tía Berta cuando se daba la vuelta, cuando olvidaste sacar el pollo de la nevera, la vez que mentiste en la escuela, ese primer paso que no diste, el beso que no recibiste.
Tu ambición por lo inesperado te habrá llevado a perecer o tal vez haya sido el lugar paradisíaco que pareció ser. Verdes colinas de aquella mujer posada a la deriva, alejada de la cotidianidad; la pureza de sus troncos forrados de ramas flotan en cristalinas olas lejanas. Muere con el rayo del sol viejo y revive con la aurora esperanzada.
Pobre diablo. Te ahogarás con tu propio emesis. Viajarás minutos antes de la tragedia y harás el mismo recorrido desde que pisaste esta ilusoria tierra virgen. La arena se hundirá bajo tus pies, un caliente deleitoso te abrigará. Jadearás adentrándote en su bosque y la conmoción no se hará esperar.
Los piratas mil y tantos años atrás la habrían querido proteger. Albergaba tesoro en su ser. Las víboras la resguardarán por siempre; serán soldados valientes como el mismo Urías. Lucharán al frente y se moverán con premura, no las percibirás hasta que su veneno no te prive de respirar y entonces, recordarás aquel peligroso letrero que se encuentra antes de entrar.
Bella era. Opacaba al sol con su brillar. Lo que parecía mujer bañada en agua mansa y cristalina ya no lo es más. Cadera mortal será. Ni su oro los cautivará, desechada por los hombres, tachada del mapa, quedará.
Bothrops Insularis te habrá dado la bienvenida. La entrada por siempre será. Cara dorada, sonrisa blanca. Pronto dejarás de mal respirar, la vida escatimará tus suspiros y gritos desgarrados de dolor revivirás. Qué cruel ha de ser. Sentirás desfallecer, pero cada vez que sientas que no será más, estafado serás. Tu cuerpo será la guarida de sus crías, hasta que tus días esqueléticos se hagan notar.
No serás más que un producto caducado, posiblemente mercancía sin demanda. Te sacarán del mercado como comida contaminada por algún patógeno; salmonela a tus talones no llegará.
Lenta muerte tendrás: ya no te moverás, el dolor habrá entumecido todo el cuerpo, pero seguirás sintiendo la danza venenosa, moviéndose con lentitud por la cava. El brillo de tus ojos poco a poco se apagará. La mujer estafadora quedará sola, rodeada de sus gorgonas. Su morada no será más que desgraciada tierra de muertos. Exiliada de un continente completo, vivirá y morirá por mil años más hasta que, algún otro curioso pase por alto el “Desembarque Proibido”.
Fin.
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